Al fondo escucho el golpetear en la ventana,
de nuevo está lloviendo y sin pedir permiso
llegan a mis pensamientos inolvidables recuerdos.
Llovía, no a cántaros... pero llovía,
era una lluvia suave, no silenciosa pero muy tranquila,
con su candor, hacía que los cuerpos se estremecieran al ritmo de su propia música,
su exclusivo aroma, permitía que nos refugiáramos el uno en el otro
y su frescura fuera un extraordinario refugio.
Años después,
tantos años después,
estoy evocando los recuerdos
de la noche en que lloré de placer,
la noche en mi cuerpo no cabía en él,
aquella noche cómplice, pícara, diáfana,
la especial noche en que al ritmo de la lluvia
me hiciste mujer.
Por: Lisset Villada Q.